-¡Abuela! cuéntame un cuento.
-Pero, niña, ¿otra vez?-contestó la
abuela, -si, por favor abuelita, cuéntame un cuento.
La abuela no pudo
negarse a los deseos de su nieta y, por unos segundos, detuvo su labor, entornó
los ojos y paralizó el balanceo rítmico de su mecedora.
Parecía que aunque su
cuerpo seguía allí, ella se había marchado muy lejos; en efecto así era.
Estaba en el País
Fantástico, ese lugar donde los sueños son reales y del que tantas veces había
hablado a su nieta. Donde, día tras día, robaba historias que luego le relataba
mientras la niña la miraba con su cara de asombro.
-¡Abuela, cuéntame un cuento, porfa, no te
hagas de rogar!
Esta última petición
sacó a la abuela de su ensueño y volviendo a la realidad comenzó a balancear su
ya vieja mecedora, las nervudas manos volvieron a tomar vida y siguieron
tejiendo la interminable manta que siempre cubrían sus piernas. Con su voz de contadora de historia empezó a desenredar la trama del
cuento que en esta ocasión había rescatado del País Fantástico para su nieta.
Día tras día, la abuela
fue desgranando historias que había oído a sus abuelos y éstos de los suyos…
y sin darse cuenta inició a la pequeña en ese mundo de relatos unas veces fantásticos
y otras casi tan reales como la vida misma.
La niña dejó de ser
pequeña pero no dejó de soñar. Su abuela ya no estaba para contarle sus historias, se había retirado finalmente al País Fantástico, donde éstas moraban, pero no sin antes dejarle un último regalo: le descubrió los libros y el mundo mágico que contienen. Desde entonces, hasta en los peores momentos, siempre le acompañaron, se hizo bibliotecaria para estar cerca de ellos, no
ha dejado de leer y ahora escribe cuentos.
UN CUADRO Y UN MINIRRELATO
El cuadro: "Abuela y nieta" de Anna Ancher

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